
Agarra una hoja amarga y máscala. Luego toma otra, y otra, dejando que la masa repose en la mejilla. Pronto te sentirás menos hambriento, más alerta, algo eufórico. Es el kat (se suele escribir khat), estimulante usado durante siglos en Yemen y el Cuerno de África por trabajadores para energizarse y por hombres para pasar tardes apacibles.

Steve Holman, de 52 años, está corriendo 201 kilómetros en el desierto del Sahara. Toda su comida para el Marathon des Sables anual se encuentra en el paquete de 11 kilos a su espalda. Bajo un calor de 37.8 ºC lucha para subir unas cuantas dunas de 61 metros, a veces gateando. Solo en medio de una tormenta de arena una noche, sin estar seguro de ir en la dirección correcta, piensa: “¡Sí! ¡Por esto estoy aquí!”.

Entre las calabazas gigantes, una de 227 kilos es ínfima. “La gente ni las ve”, dice Danny Dill, de Howard Dill Enterprises, compañía que vende semillas cuyo ADN las destina al gigantismo. El récord, de 2007, es de 766 kilos. “En cinco años –predice Dill– verás calabazas de 900 kilos”.

De acuerdo con Donald Kraybill, sociólogo del Elizabethtown College, los amish están desplazándose en parte porque están creciendo. En los últimos 16 años, la población casi se ha duplicado, para llegar a unos 230 000, con aproximadamente cinco hijos por familia.

En la Manhattan del siglo XIX, los cerdos se paseaban por las calles y el ganado pastaba en los parques. Hoy, los pollos son el animal de granja favorito, y no sólo en Nueva York.