Viaje en auto por Connecticut

Un neumático desinflado. Era de esperarse. Salgo a la carretera por capricho, sin plan ni destino, esperando que todo salga a las mil maravillas, tal y como pasaba tiempo atrás, pero de eso nada.

Un neumático desinflado. Era de esperarse. Salgo a la carretera por capricho, sin plan ni destino, esperando que todo salga a las mil maravillas, tal y como pasaba tiempo atrás, pero de eso nada.

Aún faltan tres años para la Copa Mundial de futbol, pero su sede para el 2010, Sudáfrica, siente que el tiempo está agotándose. Por ello, ha emprendido una colosal carrera para renovar aeropuertos, construir un tren de alta velocidad entre el aeropuerto de Johannesburgo y los suburbios, y levantar o renovar estadios en esa ciudad y en otras ocho. Tiene que contratar y entrenar miles de nuevos agentes de policía, comprar centenares de autobuses, y valorar y registrar una incontable cantidad de albergues tipo bed-and-breakfast (B&B). Es una época a la vez enervante y emocionante, en la que la reposada Sudáfrica tiene que competir con su característica calma para hacer las cosas.

Nairobi siempre ha sido un lugar ”intermedio”. Surgió como escala en la ruta del ferrocarril Kampala-Mombasa y hoy en día muchos turistas conservan la misma impresión de la ciudad: un sitio donde pasar la noche, reabastecerse y emprender la marcha al amanecer en un safari o para ir a la playa. Sin embargo, la capital de Kenia empieza a emerger como un destino por derecho propio, con restaurantes, infinitas opciones de compras, elegantes hoteles coloniales y abundante vida salvaje dentro de los límites de la ciudad. Usted puede jugar con crías de elefante y pasar el rato con jirafas, para luego cenar toda la carne de avestruz y cocodrilo que pueda consumir.

Estoy aquí en cuerpo y alma. Aquí y en ningún otro lugar, sobre el techo de una barca de madera del río Amazonas, envuelto en la selva tropical más grande de la Tierra.

No hace mucho tiempo, Brunnenstrasse –calle que nace en el extremo norte de Mitte, el vanguardista centro de Berlín– parecía una elegía poscomunista con sus fachadas grises, graffiti e incluso una sucursal de la cadena de sex-shops Beate Uhse. Toda la zona permanecía inmune al aburguesamiento. Pero conforme las ruinosas áreas, como Auguststrasse, comenzaron a saturarse y encarecerse, e incluso volverse convencionales, Brunnenstrasse empezó a surgir como el nuevo distrito de galerías para la élite artística de vanguardia.