
Desde hace poco, los estudios Hansa de Berlín, donde David Bowie, Iggy Pop y Nina Hagen grabaron álbumes definitorios para sus carreras, dominan la vista de un moderno complejo de apartamentos en ladrillo rojo detrás de la flamante Potsdamer Platz.

Centro marítimo y mediático de Alemania, Hamburgo es una ciudad de violentos contrastes. El puerto industrial proyecta sus aherrumbrados muelles mientras que el centro está plagado de parques esmeraldinos, lagos azules y villas de color crema.

Frankfurt ya no sueña con sustituir a Londres como capital financiera de Europa, ambición que abrigó desde los años noventa y que se hizo pedazos al chocar de frente con la realidad del siglo XXI.

Me encuentro en la ciudad bávara de Freising, en las afueras de Munich, mientras camino por un sendero de grava que rodea las ruinas de un monasterio para llegar a lo alto de la ‘‘Colina de Cerveza’’, biergarten próximo a la abadía de Weihenstephan, una de las cervecerías más antiguas del planeta.

Un clarinetista solitario tocaba una llorosa melodía en un prado frente a la Cancillería Federal, sobrio edificio de mármol y concreto que se levanta sobre el río Spree.