
No hay vuelta atrás. Eso lo sabe muy bien Hombre de Hierro. El autobús empieza a descender por un polvoriento camino con profundos surcos de neumáticos, en la aldea de Dongfa, alejando al joven obrero y a su esposa de ese pueblo fantasma cercano a la frontera con Rusia.

Es regordete y dormilón. Come con las manos y vive con su madre. No es exactamente el tipo de personaje que uno esperaría encontrar en el centro de transacciones económicas de alto nivel, de la diplomacia internacional, la adoración pública, la vigilancia gubernamental y la fascinación científica. Pero Tai Shan es más que un osito común y corriente.