
Era la primavera de 1929. Patrick Murphy salía de un bar en Bisbee, Arizona, con el propósito de bombardear el poblado fronterizo de Naco, en Sonora, México, a unos 16 kilómetros de distancia. Llenó sus maletas de dinamita, chatarra, clavos y pernos, y dejó caer el equipaje explosivo desde su avión fumigador: había hecho un trato con rebeldes mexicanos que buscaban el control de este pueblo.

Uno se da cuenta de que ha llegado al corazón del desierto chihuahuense cuando tiene la sensación de ser Alicia y estar en el País de las Maravillas: nada es lo que aparenta.

En la frontera entre México y Estados Unidos, justo donde el río Bravo separa a Tamaulipas de Texas, existe un mundo desconcertante para los fuereños: en Laredo, los habitantes adinerados y de raíces mexicanas conmemoran el natalicio de George Washington, el padre de la patria estadunidense, con una celebración conocida como el Desfile y Baile Colonial.