
La Rusia moderna se desvanece paulatinamente al salir de Moscú. Los congestionamientos de tráfico y la contaminación, los enormes centros comerciales y los carteles publicitarios de los recientes años de auge ceden el paso a suburbios grises y fábricas oxidadas de la era soviética. Estos desaparecen a su vez en los altos bosques de pinos y abedules, salpicados de prados y pueblos intemporales de casas de madera. De vez en cuando, un campanario pintado caprichosamente irrumpe en el horizonte, su cúpula dorada reluce en el brillante sol de primavera. Estamos de vuelta en la glubinka, la Rusia “profunda” que adoran los eslavófilos, los exiliados y los pintores. Y nos dirigimos a su centro mismo.

En este planeta hay lugares tan maravillosos y frágiles que sería mejor que no nos acercáramos. Quizás deberíamos limitarnos a dejarlos por la paz y apreciar su belleza desde lejos. Este es el caso de Kronotsky Zapovednik, una remota reserva natural en el lado este de la península de Kamchatka, en Rusia, sobre la costa del Pacífico, a más de 1 500 kilómetros al norte de Japón.

El destino de la última familia real de Rusia ha sido la inspiración de mitos y misterios. Tal vez ya no lo sea más. Una excavación realizada el año pasado cerca de Ekaterimburgo quizá revele los restos de dos de los niños Romanov perdidos.

Este año, el mapa de las adopciones internacionales será trazado de nuevo. EUA, el país que adopta más niños del extranjero, participará con plenos derechos en la Convención de La Haya sobre la Adopción Internacional.

Los veteranos siempre se maravillan ante los cambios ocurridos en Moscú desde la ruda época soviética. Pero eso es historia pasada. Lo que realmente da motivo de admiración es lo mucho que ha cambiado la ciudad en el último par de años.