
No se lo digan a las abejas, pero no sirven para volar. Al menos eso concluyó un matemático francés en 1934, según cuenta una historia. C’est faux, por supuesto: las abejas vuelan muy bien; los primeros investigadores simplemente no tenían modo de medir los complejos movimientos de las alas de estos insectos.

Sonia Ghibaudi, Buenos Aires, Argentina.
El verano pasado, en el jardín de mi casa, vi este insecto del tamaño de una mosca, pero similar a una abeja, posando en una pequeña margarita de aproximadamente tres centímetros de diámetro.

En los extensos cultivos de girasol (Helianthus agnus) en la Colonia de Turén, Estado Portuguesa, Venezuela, podemos ver de cerca la adaptación de los insectos a la llegada de nuevas especies de plantas. Aquí se observa a una abeja melífera (Apis mellifera) colectando polen y néctar de uno de los miles de girasoles que crecen bajo el intenso sol venezolano.