
Recostado sobre el suave suelo de un bosque húmedo, mirando hacia arriba sin percatarme del tiempo, me encuentro en uno de los sitios más mágicos de la Tierra, Jedediah Smith Redwoods State Park, en el norte de California. Puedo oír el pánico en la voz de mi madre al buscarme –su niño de 10 años con el hábito de desaparecer en el bosque–. Debería gritar para tranquilizarla, pero todavía no. Quiero unos cuantos minutos más a solas con los árboles más altos que haya visto jamás.

Tras concluir su misión, el transbordador espacial Endeavour –hábil en órbita pero incapaz de volar en la atmósfera terrestre– se monta en un 747 que sobrevuela el Desierto de Mojave, California, rumbo al Centro Espacial Kennedy, en Florida.

Algunas de las olas más grandes que golpean el territorio continental de EUA se encuentran en “Mavericks”, palabra que, en el argot de los surfistas, se refiere al arrecife rocoso cerca de Half Moon Bay, en California.

En diciembre de 2006, algunas laderas de los Alpes servían para todo menos para esquiar.

En esta región, justo al norte de la Bahía de San Francisco, la tierra está cubierta de viñedos perfectamente alineados, salpicada de poblaciones con mercados ambulantes, y salpimentada de ‘‘villas’’ en alquiler que abarcan desde escondrijos para colados hasta mansiones de ejecutivos de software.