
Esculpido en el periodo Tang Medio (781-847 d.C.), un buda de 15 metros se tiende a esperar la muerte que le conducirá al Nirvana. Los seguidores pintados en los muros de la cueva expresan su desolación.

Vehículos esperan gas natural en un puente en espiral en Chongqing. Las provisiones de combustible fueron desviadas al norte, donde cayeron fuertes nevadas en noviembre pasado que provocaron escasez en las provincias centrales y orientales.

El té chino y los caballos tibetanos se comerciaron durante mucho tiempo por una ruta legendaria. El antiguo camino nos revela hoy paisajes impresionantes y una nueva actividad.

Cual huevo brillante flotando en tinta, el Centro Nacional de las Artes Escénicas de Pekín, en cristal y titanio, se refleja en el estanque que lo rodea. En esta cúpula, de dos años y 336 millones de dólares, caben 5 452 espectadores en tres auditorios.

Algunas tienen una valentía fuera de lo común. En el artículo de este mes “El otro Tíbet”, hay una fotografía tomada con un teléfono celular. La fotógrafa no era profesional. Era una mujer de la etnia uigur que documentó la ejecución de un hombre uigur por fuerzas de seguridad chinas en una calle de Ürümqi, capital de la región de Xinjiang, China. Poco después ella le dio la imagen a Carolyn Drake, fotógrafa de National Geographic.