
Al norte de México, en el desierto de Arizona, una laguna de tono carmesí es un recordatorio de la riqueza minera del pasado y la contaminación actual. De hasta cientos de metros de longitud, y con un camino de servicio que acaba en un promontorio, la laguna acumula el agua de lluvia que cae en los relaves de las minas (rocas trituradas por extracción de metales valiosos).

El costado de la carretera I-370, en Maryland, se llena de basura rutinariamente. La que aparece en esta imagen es una muestra simbólica de lo que se encontró a lo largo de un trecho de 91 metros un día de julio, que incluyó también un envoltorio de papas fritas lleno de alas de pollo a medio comer, bolsas de plástico empapadas por la lluvia y pululantes de insectos, docenas de colillas, clavos, botellas rotas, incluso trozos de goma que se desprendieron de las franjas de la carretera.

En cada una de las seis mesas de un café en Shanghai, hay un frasco de porcelana con palillos chinos de plástico rojo. “A largo plazo, resultan más baratos que los desechables de madera y producen menos desperdicios”, dice el propietario.

Los acantilados de Na Pali, Hawai: un paraíso terrenal en estado de sitio.

Los elementos que expulsan las refinerías de carbón en Linfen, China, envenenan el ambiente.