
“Lo que tenemos para cenar hoy podría sonar muy raro en Inglaterra”, escribió Darwin en su diario el 18 de septiembre, deleitándose con el exotismo de su nuevo régimen: “budín de avestruz y armadillo”. Estaba empeñado en una aventura juguetona, no precisamente un viaje de campo de historia natural, y su diario de a bordo (más tarde transformado en un libro de viaje conocido como El viaje del Beagle) refleja su atención a las culturas, pueblos y políticas, así como a la ciencia.

Alfred Russel Wallace trazó una gran línea divisoria en el mundo de los seres vivos, y encontró su propio camino hacia la teoría de la evolución. El primer punto cardinal de su biografía es que, para él, –no así para Darwin–, la necesidad fue la madre de la invención. Era un muchacho curioso de una familia sin dinero. A los 14 años, en 1837, empezó a trabajar.

Siendo nuestros parientes genéticos más cercanos, desde hace mucho tiempo los chimpancés han tenido una influencia muy fuerte en la imaginación humana y con frecuencia observamos su comportamiento en busca de señales sobre lo que lo que pudimos haber sido hace miles de años. Pese a que los antropólogos son rápidos para explicar que no hay garantía alguna de que ciertos comportamientos en de los chimpancés reproducen la conducta de nuestros primeros ancestros (ya que nos desviamos y seguimos nuestro propio camino), las comparaciones pueden ser irresistibles.

En las sabanas de Senegal, los chimpancés cazan gálagos con palos semejantes a lanzas. Este caldo de cultivo de “tecnología chimpancé” ofrece pistas sobre nuestra propia evolución.

Los seres humanos somos criaturas extrañas: bípedos sin cola, con sinuosas columnas vertebrales, largas extremidades, pies arqueados, manos ágiles y enormes cerebros.