Una cría -gigante en el lente, aunque apenas mide un metro de alto- juega rudo con una cámara instalada a nivel del suelo. Este joven macho es miembro de una familia bautizada por los investigadores como Realeza. Con una dieta constante de leche rica en energía, y sin preocupaciones sobre su rango social, los pequeños elefantes hacen lo que los jóvenes en cualquier lado hacen mejor: jugar.
Estos petroglifos de jirafas fueron trazados por artistas prehistóricos. Son un registro de la vida floreciente en el Sahara de esa época.

Una cría sigue a un gran elefante adulto, llamado Roosevelt. Al alcanzar la madurez sexual, los machos son exiliados de las familias matriarcales y pasan el tiempo merodeando solos o en compañía de otros machos; sólo se acercan a las familias para buscar pareja.

Con la ayuda de su pico, el depredador se abre paso entre el cardumen, para aislar una célula más pequeña, que sea más controlable, ya que las presas zigzaguean para evitar ser capturadas. Las sardinas se protegen dentro del grupo moviéndose como una unidad.

La seguridad y el aprendizaje son fundamentales para los elefantes. Las crías de las familias de Samburu están sometidas a la vigilante protección de las hembras organizadas en una especie de “consejo de madres”. Los adolescentes retozan amigablemente y desarrollan destrezas sociales, además de adquirir confianza y fortaleza.