
Dos visitantes se resguardan en una cabaña al perderse en un sinuoso laberinto de laureles en Glendurgan, una serie de verdes jardines subtropicales privados en Cornualles, plantados en los años veinte del XIX y legados al Patrimonio Nacional en 1962.

Cual figurilla de porcelana esculpida para reposar, el feto de un caballo flota en agua destilada dentro de un frasco.
El potro, de 85 días de edad, fue extirpado tras la muerte de su madre, una pura sangre.

Que no te engañen sus hermosos patrones y su nombre teatral, la catarina arlequín no tiene nada de gracioso. Este escarabajo asiático fue visto por primera vez en Inglaterra en 2004. Los expertos suponen que llegó volando o acarreada por el viento desde Europa continental, donde fue introducida en los noventa con el fin de controlar las plagas de los cultivos.

Después de 12 horas de viaje desde Houston, no sé dónde termina mi trasero y dónde empieza mi asiento de clase económica. A la mitad de mi vida, finalmente he logrado cruzar el charco para explorar Londres, la única ciudad europea con la que siento alguna relación. Durante mi infancia en Texas, mi padre –enviado a Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial– me contó innumerables anécdotas sobre esta capital que Alemania trató de destruir. En aquellos turbulentos días, me dijo, el mundo libre estaba pendiente de las transmisiones de radio de la BBC, que siempre empezaban con ‘‘Esta es Londres al habla.’’

Pocos terratenientes de la realeza hicieron algo más que gastar los ingresos del Ducado de Cornualles.
De repente, el príncipe Carlos perdió su acostumbrada templanza.