
Georgia del Sur se alza sobre el mar, escarpada y severa, un arco de 180 kilómetros de picos antárticos oscuros, planicies de hielo y glaciares colgantes. Desde la cubierta de un barco, la isla aparece de manera sorprendente, como si el Himalaya hubiera emergido repentinamente tras el Diluvio. Para ser un puesto de avanzada polar tan austero, mitad hielo y nieve permanentes y mitad rocas y vegetación de tundra, Georgia del Sur tiene una extraña esencia quimérica. Sus significados son opuestos y elusivos; sus temperamentos, volubles: brillante en un momento, oscura y llena de aguanieve el siguiente, luego brillante de nuevo. La isla parece marcada de alguna forma insólita, favorecida y maldita simultáneamente. Pocos lugares en la Tierra están tan llenos de ambigüedad y paradojas.
Últimamente he recibido muchas cartas respecto a nuestra sección “Imágenes de la Tierra” de la edición de mayo de 2009, en donde calificamos a las Islas Georgias del Sur como un “remoto territorio británico” . Agradezco la corrección para indicarnos que las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur forman parte integrante de la República Argentina. Geográficamente, sin embargo, se trata de un territorio en disputa, así considerado oficialmente por National Geographic Society.

Es fácil subestimar al elefante marino del sur. No tiene el porte señorial del cachalote, ni la elegancia aerodinámica del tiburón blanco o el CI sobresaliente de la orca. ¿Y quién explicaría su nariz, una trompa ridícula que puede llegar a medir casi medio metro de longitud y que le ha ganado el nombre de elefante marino? A juzgar por su apariencia, sí que es una criatura extraña.