
¿Sería posible “terraformar” Marte, es decir, transformar su superficie congelada y atmósfera delgada en algo más amigable, parecido a la Tierra? ¿Deberíamos hacerlo? La primera pregunta tiene una respuesta clara: sí, tal vez podríamos. Las naves espaciales, incluyendo las que exploran Marte ahora, han encontrado evidencia de que en su juventud era un planeta cálido, con ríos que desembocaban en mares extensos.

Mi abuela murió a la provecta edad de 96 años convencida de que el hombre jamás había llegado a la Luna, a pesar de que no perdía oportunidad para reunirse religiosamente frente al televisor en blanco y negro y repasar cualquier retransmisión de ese momento dorado de la humanidad. “¡No es cierto, no es cierto y no es cierto!”, vociferaba rodeada de sus nietecitos mientras repartía bastonazos al aire.

Hace mucho tiempo que Marte ejerce su atracción en la imaginación humana. Los antiguos veían al astro rojo y errático como violento o siniestro: los griegos lo identificaban con Ares, el dios de la guerra; los babilonios lo nombraron por Nergal, señor del inframundo, y para los chinos de la antigüedad era Ying-huo, el planeta de fuego.