
Encuentro cercano con un cachalote.
El sol brillaba en el cielo azul y los delfines retozaban junto a la proa. Debía estar tomando una bebida con ron y un diminuto paraguas pero, en vez, rezaba en silencio: ‘‘Dios mío, por favor déjame salir de aquí con vida’’.

Era la primavera de 1929. Patrick Murphy salía de un bar en Bisbee, Arizona, con el propósito de bombardear el poblado fronterizo de Naco, en Sonora, México, a unos 16 kilómetros de distancia. Llenó sus maletas de dinamita, chatarra, clavos y pernos, y dejó caer el equipaje explosivo desde su avión fumigador: había hecho un trato con rebeldes mexicanos que buscaban el control de este pueblo.

Uno se da cuenta de que ha llegado al corazón del desierto chihuahuense cuando tiene la sensación de ser Alicia y estar en el País de las Maravillas: nada es lo que aparenta.

Si el Desierto de Sonora es un páramo, ¿por qué la abundante vegetación rebasa la mirada? ¿Por qué es imposible recorrerlo sin abrirse llagas? Si el candente Sol ha mermado la vida en este lugar, ¿por qué los lechos arenosos están repletos de huellas de pecaríes, venados bura, cacomixtles y otros tantos roedores que son presa de las casi cien víboras de cascabel por kilómetro cuadrado que pacientemente acechan?