Al surcar las aguas del Ayeyarwady, el río que atraviesa Myanmar de norte a sur, la sucesión de pagodas es incesante. Las hay por cientos. Imponen sus formas robustas y piramidales, con un resplandeciente color dorado que contrasta con el verde de los arrozales. En las orillas, los monjes budistas -con túnicas burdeos y la cabeza afeitada- encienden hogueras de las que nacen enormes columnas de humo, con las que parece que quisieran alcanzar el cielo.
Texto: Miguel Ángel Vicente de Vera
La gran mayoría de la población birmana practica el budismo. Los ritos, celebraciones y festividades marcan los ritmos de la sociedad. Los monjes son profundamente respetados por su existencia dedicada al perfeccionamiento del alma, en una permanente búsqueda del anhelado nirvana, un estado que les permitirá liberarse del sufrimiento y dar por finalizada la rueda de reencarnaciones.
Allá donde fijemos la vista, aparece una escena de un tiempo remoto, como si este pedazo de tierra hubiera esquivado el paso del tiempo. La vida cotidiana tiene un aroma rural y sencillo. Los pescadores se equilibran en el filo de sus estrechas y alargadas barcas de madera, usando un pie para sujetar el remo y el otro -y sus hábiles manos-, para manejar las redes con las que atrapan sus presas.
Los agricultores aran la tierra con bueyes como única fuerza tractora, también hay hilanderas, pintores y orfebres, que luego venden sus artesanías en improvisados puestos de madera en las orillas o directamente en sus pequeños barquitos.
Más allá de la incontestable belleza y del país, que permaneció hasta la década de los noventa cerrado al turismo -hecho que le permitió mantener su esencia intacta-, el amable carácter del pueblo birmano es lo que más sorprende al recién llegado.
En sus caras se dibujan las sonrisas más genuinas del sudeste asiático. No en vano el escritor James Scott, quien vivió 35 años en Birmania, afirmó en su famosa obra Vida y nociones de los birmanos: “los birmanos son los más calmados y contentos de los mortales”.
Bagan es una ciudad que cualquier viajero que se precie debe visitar, al menos, una vez en la vida. El mismísimo Marco Polo la describió como “uno de los espectáculos más hermosos del mundo”. La antigua capital del reino de Pagan, el primero que unificó los territorios que hoy forman Myanmar, es una árida llanura 42 kilómetros cuadrados, donde se extienden más de 2,000 templos que incluyen pagodas, estupas y templos construidos entre los siglos IX y XIII. La mejor manera de recorrerla es en una moto eléctrica, dejándose llevar por la sucesión de carreteras de tierra.
Introducirse en una de ellas y caminar a través de los pasillos contemplando frescos de la vida de buda carcomidas por el tiempo es una experiencia casi mística, un viaje espacial para los sentidos.
Al atardecer hay que subir a una pagoda. Al ser una gran planicie, desde lo alto se otean decenas de templos. El escenario nos da cuenta de la grandeza que algún día ostentó este reinado. A medida que el sol comienza a sumergirse en el horizonte, las estupas adquieren unos tonos ocres que se confunden con los postreros rayos de luz, ofreciendo un paisaje que confirma la vigencia del legendario reino dorado.
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